Afuera llovía, en su habitación todo pretendía mantenerse inmóvil menos lo que sucedía dentro de ella. Por primera vez pudo formular la frase de lo que había estado pensando y sintiendo durante semanas: ‘’Mi país no me ofrece un futuro’’.
Ese instante fue el momento en el que todo cambió.
Con la firmeza de un corazón de roble salió de esa puerta directo al living, segura, valiente, decidida. Sentía que se le cerraba el pecho, las manos le sudaban y el corazón latía cada vez mas fuerte. Al mismo tiempo, la necesidad le corría por las venas. Respiró coraje, ignoró todos esos escenarios de su imaginación y decidió confiar en el presente mientras camina boceteando su futuro.
Puso la tetera al fuego y encaró. Caminó por la casa lo que podría ser tranquilamente la distancia de casi tres cuadras. De la heladera a la tetera, de la tetera a la heladera. El miedo se reflejaba como pensamientos absurdos que estaban basados plenamente en eso, el miedo. Suponía, y casi afirmaba, que emigrar a otro país sería el desafío más difícil de su vida.
Posiblemente, lo fue…
Susurró el nombre de su mamá sin resultado hasta que la confianza le impulsó la voz. La escuchó levantarse de la cama y calzarse. Ella jura que en ese momento la velocidad del tiempo se convirtió en algo semejante a una eternidad. Unos segundos más tarde Sheila apareció por el pasillo con la intuición de que algo sucedía expuesta en su rostro. Se sentó
en la punta de la mesa y extendió la taza.
Ali se puso al frente y sirvió para las dos. Conectó la mirada con su madre, una mirada que suplicaba apoyo y contención, y fue directo al punto: ‘’me voy de Venezuela’’. La eternidad hecha segundos reapareció y el silencio se apoderó de la escena. Sheila desvió su mirada hacia la ventana mientras digería la noticia. Trataba de disimular el dolor.
Lo sabía. Lo intuía… «Es lo mejor que puedes hacer, hija» , le contestó mamá. Y así sus almas fueron testigo de la charla más sincera de su historia.
Habían pasado algunas semanas y aún no estaba definido cómo sería. Ali tenía algunas cosas en mente que al juntarlas y tratar de ordenar, no lograban encajar. «Mi destino se encuentra a 5000 km de distancia, tres fronteras y varios días de viaje», pensaba una y otra vez. Había encontrado la forma de hacer gran parte del recorrido, pero todavía no lograba costear lo que faltaba. Algunas partes del viaje salían de favores y tantas otras de su
bolsillo.
La intensidad de su deseo no desaparece ni por un segundo. La valentía y el anhelo se apoderan de su motivación. Al parecer, ella funciona con la energía de sus sueños.
Volviendo de una changa por el barrio, caminaba por una de esas calles distintivas de belleza, con los árboles que dejan caer sus hojas al suelo y los pájaros cantan al compás del viento, le sonó el celular.
Un interesado por el auto de su papá, publicado y difundido a la venta hace un año, quería verlo.
Al cortar esa llamada una sensación de logro le invadió el cuerpo, ella estaba segura de que las cosas iban a cambiar.
Llegó a su casa. La quinta manzana a la derecha después de cruzar el puente del arroyo. En un pueblo de 100 cuadras a la redonda sólo esa indicación basta para llegar. Desde la cerca se veía el auto al fondo del terreno, definitivamente había que embellecer la fachada.
Muchas cosas dependían de esa venta. Chatarra a su alrededor, hojas y ramas reposando en cada esquina. Ali puso manos a la obra, y de pronto, el lugar se encontraba casi tan pulcro
como un altar.
«Si el señor Juan compra el auto nos vamos a Argentina», le dijo a su hermana. A partir de entonces, no lograban pensar en otra cosa. Con el transcurso del tiempo se hacía aún más difícil ahorrar, mantenerse y costear todos los gastos para emigrar.
A pesar de todo, siempre supo que lo iban a lograr.
Otra vez, una eternidad. Así se sintieron esos 12 días que Juan tardó en llamar. Ali, que se obligaba a confiar y no perder las esperanzas, le había confirmado una changuita al amigo de su prima para ese fin de semana. Además, escuchó que en la estación del acceso al pueblo necesitaban empleada y pensaba hacer los 25 km en bici para presentarse.
El universo decidió que no hacía falta.
Cortó el teléfono y no podía parar de llorar. Por un lado festejaba y por el otro pretendía mantener la calma. Finalmente, lo iba a comprar. Juan no llegó a lo que pedían pero sí a hacer posible el arribo al sur de América Latina. Ali no podía pensar de otra manera. «Necesitamos llegar y tener para algunos días. Vamos a conseguir trabajo, lo sé», le repetí a Patricia, su hermana. Firme y convencida, casi decidida a ser ella misma la escultora del
destino.
Venezuela es uno de los países con más migrantes en el mundo. Al momento de esta escritura, casi el 20% de su población vive en el extranjero, lo que equivale a 7.500.000 habitantes. La opción más económica es atravesar las fronteras de manera terrestre, en micros larga distancia o combis que realizan viajes diarios hacia los países vecinos. Sólo que éste método, es uno de los más peligrosos.
En algunas fronteras se encuentran personas que se aprovechan de
la situación de vulnerabilidad y les obligan, en el mejor de los casos, a transportar drogas u otros artículos de contrabando. No es una opción segura, y lamentablemente, mucho menos para dos mujeres. Por lo tanto, Ali decidió costear una parte del viaje en avión, por su seguridad y la de su hermana.
La tarde de un martes se encontró con Juan. Lo recibió en su casa con una taza de té, como si ya festejara lo que estaba por venir. Le agradeció una y otra vez. A pesar de ser un negocio, ella sintió que le salvó la vida. ‘’Te deseo mucha felicidad. Cuídate, chiquita’’, dijo Don Juan y se despidió.
Al otro día Ali, su mamá y su hermana fueron a la terminal a comprar todos los pasajes.
Los trayectos dentro de Venezuela serían en micro y todas las fronteras en avión. Las tres se miraban entre mezclas de orgullo, miedo y tristeza. Ali sentía la satisfacción de lograrlo pero la incertidumbre de lo que venía, de vez en cuando, le cortaba el disfrute.
Un Viernes 19 de Mayo se presentaron tres horas antes de la partida del micro. Entre ellas siempre hubo complicidad, confianza y compañía. Habían vendido juntas casi todas sus cosas para terminar de comprar los pasajes, así que aparecieron con lo que quedaba en dos valijas, algo de comida en la mochila y todos los documentos.
Sheila se había encargado de chequear que nada faltara aproximadamente unas 10 veces. La gente corría de un lado al otro, cada dos metros había una familia despidiéndose, se escuchaban llantos, alguna que otra risa y mucho balbuceo.
Ellas permanecían abrazadas, en silencio. Ali le prometió a su mamá que su próxima meta era ella, que no descansaría hasta que sea parte de un futuro mejor. Ella también lo
merecía.
‘’Nos vemos en Argentina’’, se despidió Sheila.
‘’Nos vemos en Argentina, Ma’’, contestaron ellas.